¿Fintechs con propósito social? Sí, y poco a poco se abren paso en América Latina

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Las startups que ofrecen lending para comunidades o crowdfunding para financiamiento colectivo, buscan la inclusión financiera de minorías o grupos desfavorecidos. Son emprendimientos que, además de servir a la sociedad, son un buen negocio.

Tuvo que dejar su trabajo en una ferretería de Santiago de Chile, y luego soportar lo inevitable e inmediato, no saber qué hacer, cómo recomenzar, a qué se iba a dedicar.

Es lo que le sucedió a un migrante venezolano al que llamaremos Víctor quien, resiliente, convirtió la moto que poco antes se había comprado para movilizarse y recorrer las calles de la fría capital chilena, en su principal herramienta de trabajo. La moto le guiñó un ojo y Víctor se convirtió en repartidor de PedidosYa.

Pero en conversación con Tekios nos advierte que esa es la parte linda de la historia, porque si mira por el retrovisor no olvida todo lo que tuvo que hacer para comprarse el vehículo, ese motorizado que hoy le permite mantener el hogar que comparte con su esposa, también venezolana.

Comprarla no fue nada fácil. «Intenté con el crédito directo de una automotora, pero al final era muy costoso. BancoEstado, además, me pedía tener cuenta corriente y demostrar un buen historial de crédito en Chile, algo imposible para mí», recuerda.

Frustrado, recordó que había visto en Facebook un aviso de préstamos para migrantes.

«Fue entonces cuando acudí a Migrante», rememora, mientras se dirige a entregar un pedido a domicilio. «Hablé con una chica de la plataforma que me ayudó muchísimo. Ella me dijo ‘consíguete el pie’; lo obtuve prestado, por otro medio, y en diciembre del año pasado ya tenía mi moto, gracias a Dios».

Como la que ayudó a Víctor, hay cerca de una veintena de fintechs en Latinoamérica que empiezan a destacar por el aporte que realizan a la inclusión financiera, pero sobre todo por atender a sectores de la población usualmente poco atractivos, al no ser tan lucrativos.

«Al principio nos trataron de locos. Todos me decían ‘cómo vas a prestar plata a gente que no sabes si se va a quedar en Chile o no; no tienes ninguna garantía, no tienes forma de asegurar que te van a pagar’, pero cualquiera que esté en el negocio del lending sabe que no hay seguridades», explica Ignacio Canals, cofundador de la fintech chilena Migrante, la startup que ayudó a Víctor.

Nacida a fines de 2018 como una prueba de concepto, Migrante busca asegurar el acceso financiero a los más de 10 millones de migrantes que existen hoy en Latinoamérica. «Es una fintech con propósito: el concepto detrás es que los migrantes generan mucho valor en el país que los recibe, pero llegan sin oportunidades, así que Migrante les tiende una mano», destaca Canals.

Migrante busca asegurar el acceso financiero a los más de 10 millones de inmigrantes que existen hoy día en Latinoamérica.

Los fundamentos detrás de este emprendimiento financiero son los mismos que han hecho florecer el ecosistema fintech de todo el continente, debido a que menos del 75% de la población de América Latina está bancarizada, incluyendo a México, Chile y Colombia, según un reciente reporte de Euromonitor sobre el panorama de pagos electrónicos de la región.

Un porcentaje que en Perú llega el 37% de la población, mientras en Argentina alcanza el 51%, porcentajes que sitúan a estas naciones, en cuanto a inclusión financiera, detrás de Nigeria e Indonesia, por ejemplo.

Ni siquiera México, con su 65% de bancarización, es capaz de superar el porcentaje de acceso a la banca que ostentan Turquía, Rusia o Sudáfrica, países que están en un grado de desarrollo similar, pero que les ofrecen mejores mecanismos a sus ciudadanos para ingresar al sistema financiero, detalla el reporte.

De modo que cuando Migrante -que solo pide el RUT, el número de identificación que usan los chilenos, el pasaporte y demostrar ingresos, ya sea mediante boletas de honorarios o liquidaciones de sueldo- permite a personas de todas las nacionalidades convalidar sus títulos profesionales, pagar el mes de garantía para su arriendo, comprar una moto para hacer delivery, un auto para trabajar en Uber o un carrito para vender comida, marca una diferencia crucial en la calidad de vida de un migrante, un ser humano que, sin esa ayuda, no podría «mejorar su calidad de vida en el país de acogida al que llega», complementa Canals, quien adelanta a Tekios que Migrante ya está instalándose en Perú.

Ignacio, que también es el creador de Lemontech, y su socio Diego Fleischmann, saben que este negocio conlleva riesgos, sin embargo, el peligro se reduce con el proceso de scoring (sistema automático de calificación de créditos que permite determinar la probabilidad de pago de un préstamo) que realizan, por una parte, y porque muchos de sus créditos están amarrados a un colateral.

Y contra todo pronóstico conservador, Migrante florece.

«Tras el estallido social (que se inició en Chile el 18 de octubre de 2019, y duró seis meses) y la llegada de la pandemia, pensamos que nuestros clientes iban a quedar desempleados. Pero retomamos el camino de crecimiento en agosto del 2020, y pasamos en muy poco tiempo de ser un equipo de 30 personas, a más de 170. Y vamos creciendo en nuestras colocaciones mensuales a 30%, mes sobre mes. Hemos dado cerca de 10.000 créditos y tenemos una cartera que va creciendo todos los meses, del orden de mil transacciones», detalla Ignacio Canals.

UN CARRITO PARA LAURA

La caridad y filantropía mueven a Vaki, en Colombia, una startup de crowdfunding que facilita el financiamiento colectivo para proyectos, ideas y causas sociales. Fundada en 2015, la fintech tiene como misión apoyar a los ciudadanos que están financiando proyectos con el apoyo de los integrantes de su comunidad, desde vecinos hasta personas en países próximos.

Una de las causas apoyadas por Vaki es la empresa Kitsmile, que diseñó un kit de rehabilitación para niños con parálisis cerebral, un desarrollo que los ayuda en casa a cambiar de posiciones, mejorando su rehabilitación y su calidad de vida.

«Todo comenzó con la memoria de título de mi socia, Linda, quien tenía la intención de ayudar a Laura, una niña de cinco años que vive en una zona rural de Colombia, sin acceso a rehabilitación ni terapias, lo que la mantenía con el cuerpo rígido», cuenta Lina María Camargo, una de las dos socias de la firma.

En Colombia, hay 300 mil niños y niñas con parálisis cerebral, y el 70% de ellos son como Laura, de escasos recursos. Debido a la pandemia, además, muchas de estas terapias se han suspendido, perjudicando a los niños y sus familias.

Su producto es una especie de cama divertida que se arma y desarma. «Es un carrito con ruedas que tiene varias posiciones básicas que permiten que el niño reciba estimulación permanente, lo que contribuye a su desarrollo cognitivo y motriz en casa. Eso va acompañado de unas terapias de nuestros especialistas, quienes diseñan ejercicios para mejorar la postura», relata emocionada Lina María.

Tanto éxito está teniendo la iniciativa, que cuando algunos niños experimentan mejoría, devuelven el carrito y lo donan a otro niño que lo necesite, una suerte de economía circular humanitaria.

Si bien Kitsmile se vende como lo hace cualquier negocio, hay una variante: se promociona en la plataforma de Vaki donde la gente aporta solidariamente al emprendimiento y, gracias a eso, hay stock para realizar alguna donación a una familia pobre.

Vaki, a través de su plataforma, ha sido clave en colocarle rostro a la historia de superación de cada niño o niña. Así es como han podido desarrollar colectas online que, hasta ahora, les han permitido donar 127 de sus kits, cada uno con un precio cercano a los US$1.000, desde 2020 a la fecha.

«Así ayudamos a niños y a sus familias de una forma masiva, sin perder tiempo en conseguir los recursos. Antes de Vaki, teníamos que subir cada propuesta a la web de la empresa y hacer su campaña, pero en Colombia hubo una especie de boom de fundaciones, lo que empezó a generar desconfianza entre la gente», comenta Lina María.

Víctor, el migrante venezolano, comenta que gracias a Migrante no solo él tiene moto. Ahora su esposa obtuvo un crédito y va por una.

COLOMBIANIZAR

Nacida en 2015, Vaki es una plataforma de crowdfunding o financiamiento colectivo donde, básicamente, una persona o institución puede hacer una «vaca en línea», es decir, una colecta donde se busca recaudar fondos de diferentes personas que comparten los mismos ideales.

Según la fintech, al estar en línea las campañas, tienen una cobertura mayor, ya que se pueden recibir aportes desde cualquier parte del mundo.

De acuerdo con datos de Colombia Fintech, si bien los segmentos de Pagos y Remesas, Préstamos Online, Gestión de Finanzas Empresariales y Calificación, e Identidad y Fraudes agrupan al 63% de las compañías del sector, las plataformas de crowdfunding y crowdfactoring se están transformando, poco a poco, cada vez más en herramientas que permiten a personas y negocios en crecimiento acceder a recursos que les brinden la posibilidad de financiar sus actividades y proyectos de forma sostenible, estableciendo enlaces directos entre inversionistas y empresas.

Junto a Vaki, en Colombia, existen empresas como Little Big Money, Súmame y LaChevre que están conectando con inversionistas que se apasionen por las ideas que les quitan el sueño a los emprendedores.

«Una de las cosas por las que nos gustó trabajar con Vaki, a quienes conocimos por el programa Shark Tank Colombia, es que colombianizaron el modelo de crowdfunding, pues no existía una plataforma local. Hicimos una campaña en 2017, con Indiegogo, que es internacional, pero no fue tan exitosa, porque todo estaba en inglés y los métodos de pago solo eran tarjetas de crédito internacionales; mientras que en Vaki podíamos pagar con prepago, débito, tarjeta de crédito o a través de plataformas (de pago), lo que facilita mucho el recaudo», cuenta Lina María Camargo.

La satisfacción de Lina María es la misma que la de Víctor. Porque recibir una oportunidad rejuvenece y permite volver a retomar el plan de vida. Pensar en grande, como ya lo hace Víctor, el migrante venezolano que ahora respira y sonríe, porque incluso su esposa obtuvo un crédito para comprarse una moto y, «de hecho, tenemos pensado hasta adquirir un auto para inversión», finaliza.

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